Morderse la lengua sin hacerse demasiado daño  

Todos hemos tenido que mordernos la lengua más de una vez (y las veces que nos quedan por hacerlo) y es, cuanto menos, molesto. Quizás lo hagamos para evitar un conflicto, por educación o por no herir a alguien. Sea por el motivo que sea, mientras nos tragamos nuestras palabras, notamos como se quedan encalladas en nuestra garganta. Cuando por fin conseguimos engullirlas, van y se quedan hechas un ovillo en nuestro estómago. Y es que cada vez que callamos perdemos un poquito de nosotros mismos. Sentimos cómo se nos va un algo de esa libertad que da el poder expresarse.

Pero como mi padre dice, “el sabio no dice todo lo que piensa, pero piensa todo lo que dice”.  Y entonces… ¡Ay! ¡Coño! qué daño hace eso de morderse. Puaj… ¿qué es ese sabor? Sabe cómo a podrido, a amargo iiiijjjjj incluso duele al tragar.¿Me habré hecho sangre al morderme la lengua? Ahhh… espera… ¡Ya sé que es! Es el veneno que llevaban mis palabras.

Hum, parece que noto también un regusto al orgullo que me he tragado. Incluso se puede apreciar un toque del disgusto de callar. Y sí, he dicho veneno, porque por muy buenas personas que seamos, como humanos, tenemos nuestro lado oscuro. La única diferencia entre el bueno y el malo es simplemente que el bueno sabe mantener a raya su lado “perverso”.

Cada vez que nos callamos algo, se va quedando ahí, amontonándose poquito a poco, como el colesterol en nuestras arterias. Se acumulan las palabras y los sentimientos uno encima de otro. Finalmente te das cuenta que padeces una especie de estreñimiento que, en vez de afectar a nuestro sistema digestivo, obstruye nuestro corazón y colapsa nuestro cerebro. Y no, no se soluciona con un Activia.

Es como una especie de metal pesado que nuestro cuerpo tiene que invertir mucho esfuerzo en eliminar, como el mercurio. A ver que yo soy un poco rarita, pero no he llegado al punto de chupar un termómetro roto, sin embargo, sano sano no es.

Ojalá hubiera alguna forma fácil y eficaz de eliminar toda esta basura que nos hemos ido guardando. Que yo sepa, a día de hoy no han sacado ninguna pastillita milagrosa con un eslogan que diga “¡Olvide aquello que nunca dijo y que ahora le está comiendo por dentro!”. Sin embargo, yo encontrado un método, que, si bien no lo arregla del todo, lo hace más llevadero, y es pensar en lo que me he ahorrado callando. No, no hablo de saliva, hablo de consecuencias… Relativizar es esencial para la digestión de nuestros problemas.

Realmente hay que valorar si esa discusión va ser productiva, si nos vale la pena enfrentarnos a ello o, si estamos dispuestos a hacer daño a alguien por tener la última palabra. La respuesta es simple, NO. No quiero herir a nadie y no quiero gastar mi valioso tiempo discutiendo por algo que carece de importancia (y hay muchas más cosas carecen de importancia, aunque no nos demos cuenta en un primer momento). ¡Hey! ¡Es mi tiempo, mi vida!  simplemente no quiero estar enfadada con alguien que sé que me quiere, aunque tengamos nuestras diferencias. ¡Y todavía menos con alguien que no merezca mi atención!

Así que cuando sintamos ese dolorcillo al mordernos la lengua, pensemos que lo hacemos por un buen motivo y que por engorroso que sea, probablemente nos haga más bien que mal.

ADVERTENCIA: TAMPOCO SE TRATA DE HACER EL PRIMO.

 

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